orgullosa de qué?

Lo excepcional del cuento de hadas siglo XXI no parece suficiente para justificar el orgullo que su coronación despierta en ciertos espíritus argentinos, sin distinción de pertenencia social.
 ¿No es absurdo que una sociedad que presume más que nunca de sus valores republicanos y del progresismo de sus costumbres se embobe ante el Bling bling de una institución anacrónica y devaluada como la monarquía; tan alicaída que después de siglos funcionando como un club exclusivo de familias que se casaban entre sí, ha tenido que echar mano a un puñado de plebeyas simpáticas, permeables a la moda y con la dote de carisma que no pueden aportar sus opacos herederos a los tronos? 

 Hagamos un ejercicio de abstracción. Olvidemos de quién estamos hablando, e imaginemos qué opinión nos merece una mujer libre, educada y económicamente autónoma, que acepta firmar un contrato matrimonial de esta naturaleza: nada, ni sus bienes ni sus hijos, le pertenecerán. 
Se casará por el rito que elija el novio. Y su padre será considerado persona no grata en la boda. 
Estará obligada a engendrar al menos un hijo. Que llevará el nombre que acepte su suegra. 
De separarse, su descendencia quedará indefectiblemente a cargo del marido. Y no se le escuchará ningún reclamo, sin importar si él la engañó o maltrató psicológica o físicamente. Ni siquiera si intentó matarla.
 A todo eso Máxima le dijo que sí. La vida que su suegra le definió sin ánimo de espantarla como “jaula de cristal”, la compensa con un pueblo leal de súbditos –paradójicamente miembros de una democracia moderna–, quienes le conceden privilegios de todo tipo y prerrogativas insólitas como la iniciativa para saludar o el código de conducta periodística que les asegura a los monarcas no ser fotografiados sino cuando posan para la prensa dos o tres veces por año. (Derecho del que hizo pronto uso: en el 2009, Guillermo y Máxima le ganaron un pleito a la agencia Associated Press por retratarlos en inocente paseo por Bariloche). 

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