JUEGOS INTERRUMPIDOS
Tenía cinco años, esperaba con papá el tranvía. Y, cuando aparecía, extendía el bracito diciendo ¡Pare! Íbamos desde la Agronomía hasta Belgrano, a la casa de la nona.Me sentaba en los asientos duros, de madera, con las piernitas colgando mientras observaba con curiosidad el uniforme del guarda y los carteles de las publicidades. Las imágenes se me agolpaban, las de afuera y las de adentro.
El traqueteo me divertía y, si ocupábamos el asiento trasero, me gustaba mirar los rieles que se perdían lejos. Sentía el viaje como un premio, como un juego maravilloso. Llegábamos al caserón, papá me alzaba para que alcanzara el llamador, manito de bronce y golpeaba. Desde el fondo de la galería asomaba la abuela.
Ojos azules, pollera larga y cabellos blancos como la nieve de las colinas de su pueblo natal. Entrábamos, la abrazaba, le daba un beso y me distanciaba corriendo hasta el fondo donde estaba la cocina en la que la nona había estado amasando las pastas tradicionales y fritando las masitas que luego bañaría con miel. El olorcito de la salsa me embriagaba. Esa vez nos acompañaba mi prima Stella, de mi misma edad.......(visita el Blog de Enriqueta)

