El jardín feliz!...un cuento de Vanessa Allemanyy.


Esta es la historia de un jardín especial, muy verde, muy fresco y muy soleado. 
 Las flores crecen llenas de amor y libertad, por eso son más lindas, más grandes y con más perfume que en otros jardines vecinos. 
 Cuando el viento se alegra, decide soplar con fuerza y se pone a bailar con ellas, haciéndoles cosquillas de colores y llenándolas de perfume a cielo. 
 En este hermoso jardín, las gotas de la lluvia cantan canciones de cuna mientras caen dulcemente, “tin-tin-tin-tiririrín”, pintando de brillantes arcoiris las hojas verdes y las blancas margaritas. 
 Las trabajadoras hormigas, están siempre dibujando con pétalos de luisinas color naranja y pequeñitas hojas de menta, llenando todos sus rincones de perfume, frescura y color. 
 Cubierto por una sábana gigante de césped, invita alegremente a tirarse y envolverse con ella, a saltar y a rebotar, jugando con los rayos de sol de primavera que sonríen picarones, guiñando rayitos de luz entre las hojas del limonero. 

 En este mágico lugar, nada es como lo que conocemos, no. 
 Los picaflores zumban suavemente, bailando de flor en flor, buscando llevarse de ellas, un poco de grandioso color. 
 Aquí, todo es diferente y muy especial.
 Las vaquitas de San Antonio, dan leche de frutillas y chispitas de chocolate, para las orugas verdosas que son mañosas y están siempre hambrientas, endulzada con pequeñas gotitas de miel. 
 Las abejas soplan el polen amarillo sobre las hojas oscuras de los rosales, el trébol y los jazmines, que con el rocío mañanero se ve, como polvo de oro brillante goteando de cada hoja. Entonces aparecen las mariposas con alas de suave terciopelo, azul, naranja, negro, que como las nubes pequeñas, se persiguen jugando a las escondidas, por el celeste cielo de las siestas de domingo y juntas danzan sobre las rosas rojas y el violeta de los pensamientos, pintando figuras de colores sobre los pétalos de las flores.
 Mientras alegremente bailan, sus alas susurran canciones de arrorró que hacen dormir a los pajaritos recién nacidos, que bostezan dormilones desde sus nidos, y se acurrucan bajo las plumas de sus padres, diciendo “pío-pío”... en vez de “buenas noches”. 

 Y el día que se va yendo, cuando el sol se esconde a dormir un rato, las mágicas pancitas de las luciérnagas guiñan sus luces a la gran luna, alegrando la modorra de aquellos niños que, de vez en cuando, se asoman a sus ventanas esperando que las estrellas bajen, a darles el beso de los felices